Red Feather Ramble: Cuerpo a Cuerpo con el Mundo

Pablo Selman, nuevo en el mundo del bikepacking, aprovechó recientemente la oportunidad de unirse a unos amigos en la Red Feather Ramble, donde aprendió mucho por el camino. Pablo reflexionó sobre el viaje, combinando su experiencia de aprender a conocer un nuevo terreno con una comprensión filosófica de lo que significa recorrer un lugar por voluntad propia. En este relato, las palabras y las fotos de Pablo nos ofrecen una valiosa lección para recordar de qué se trata todo esto…

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Este viaje comenzó con un mensaje de texto de parte de Jaron: “Justin and I are talking about a Red Feather Ramble rip leaving from town Thursday afternoon 09/25. Any interest in joining? I’ve got all the gear you might need”.

Por supuesto que acepto la invitación y se transforma en mi primer viaje en bicicleta de varios días. He rodado con Jaron y Justin por más de un año y me han mostrado lugares y senderos increíbles. Gracias a ellos, he podido recorrer el territorio y ampliar el mapa. He podido conocer hermosos lugares y me he sorprendido de lo lejos que podemos llegar a veces, también he conocido el significado de “Type 2 Fun”.

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Mi única experiencia previa fue este último verano. Hice el Swift Campout acá en Boulder durante el solsticio. En esa ocasión, Treehouse fue el anfitrión del evento y me ayudó con su biblioteca de bikepacking para poder participar. Fue una ruta que ya había hecho otras veces, pero nunca con la bicicleta tan cargada y en un día tan caluroso. Lo hice con la bicicleta que tenía en ese tiempo, una Fisher de finales de los 80s. Este viaje iba a ser completamente distinto, bicicleta nueva, más días y más distancia.

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El viaje finalmente partió el miércoles 24, después del mediodía. Partimos con Justin desde Boulder hacia Longmont, recogimos a Jaron en su trabajo y emprendimos camino hacia Fort Collins, la misión del día era llegar al camping de Horsetooth y pasar la primera noche ahí, pero llegar a través de “The Devils Backbone” , una sección de MTB que nos llevaría directo al camping. Por supuesto, fue el momento “hike a bike” del viaje. Para Justin, el motivo principal era pasar un buen rato y no romper a “Roger”, su Stumpjumper del 84’. Por el otro lado estaba Jaron, gestor de este viaje, con su también bicicleta de más de 40 años, otra Stumpjumper del 83’.

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Hay algo del espíritu de esas bicicletas en este viaje. El momento en que el ciclismo quiso salirse de los caminos más expeditos y transitados, olvidarse de la eficiencia del transporte y del desplazamiento, y dirigirse al campo, recorrer senderos poco comunes y rebelarse contra los tiempos sociales. Le Breton, profesor y escritor Francés, en su ensayo titulado “El Elogio de Caminar” reflexiona sobre el cuerpo, los sentidos y la experiencia humana de recorrer el territorio. Si bien Le Breton lo trata de la experiencia del caminar, hay mucho de eso en la experiencia del “bikepacking”. Muy curioso también que a quienes cita en su ensayo son reflexiones de la primera mitad de los 80s, al igual que el par de bicicletas cuarentonas que andan en este viaje, Pareciera que había algo en esos tiempos que hizo a mucha gente querer explorar los caminos menos transitados.

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Luego de un hermoso atardecer cruzando “The Devil’s Backbone”, llegamos a nuestro primer punto de camping, la Reserva Horsetooth. Esa noche también se nos unió Nick, quien llegó con un rayo quebrado en su rueda trasera, él decidió continuar el viaje, la rueda no se veía tan mal. El consenso general fue que Horsetooth no es para nada el mejor punto para acampar, por lo menos un día miércoles; pasamos una ruidosa noche y no le encontramos mayor atractivo al lugar. La impresión de este lugar nos llevaría a tomar decisiones más serias más adelante en este viaje.

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Después de una helada pero soleada, mañana emprendimos rumbo a la montaña. Ahora somo un equipo de 4 personas tratando de mantener el mismo ritmo por las colinas de la ruta, me gusta verlo como un tren que avanza en una sola fila, el ritmo es tranquilo pero avanzamos rápido. Nuestra última parada, antes de adentrarnos en los caminos de tierra, es en el pequeño Mercantile de Masonville, que parece ser una antigua estación de gasolina, cuyo letrero indica que está en el lugar desde 1896. En 129 años de historia lugares como este han de haber visto un sin número de viajeros similares a nosotros, quizás más de alguno lo hizo a mediados de los 80s en bicicletas similares a las de Justin y Jaron, o caminado como lo plantea Le Breton, pero con el mismo espíritu e ímpetu aventurero de salir, aunque sea por unos días, del reloj social y de los caminos pavimentados.

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Al desplazarse, en este caso en bicicleta, como Le Breton plantea, “es suspender el tiempo social y reencontrar el propio ritmo”. El desplazamiento de la ciudad al campo, nos ayuda a encontrar ese propio ritmo, este ritmo nos ayuda a habitar el espacio con los sentidos y establecer una relación más íntima con el entorno. El recorrer estos caminos, con paso lento y sigiloso, nos permite recorrer un territorio que contiene una historia a un nivel social, como natural. Podemos ver esta historia en los muros de sus locales (negocios), como en las faldas de sus cerros o en sus cementerios de árboles quemados, que se vuelven a levantar y hoy lucen sus brillantes hojas amarillas.

El ritmo es tranquilo, paramos cuando queremos, siempre hay snacks y buena onda, para mi es la primera vez en esto, ellos han pasados incontables días haciéndolo, a veces compitiendo, a veces con sus cercanos. El ambiente es familiar, nos podemos reír de las mismas cosas, pero a veces mi inglés está cansado y escucho más de lo que hablo. Me gusta cuando Le Breton cita a Töpffer diciendo, “cuando uno se va de viaje, es muy conveniente llevar, además de la mochila, una buena provisión de ánimo, de alegría, de valor y de buen humor.” Si hay algo que caracteriza el ambiente de este viaje, es el valor y el buen humor.

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Después de una buena primera mitad del día subiendo hacia el paso “Pennock”, somos recompensado con un hermoso descenso, el paisaje está teñido de dorados y rojos, podemos sentir que estamos dentro de la montaña. El aire es fresco y rara vez nos encontramos con otras personas, pareciera que la ruta fuera toda para nosotros, paramos para tomar fotos y el cansancio de las piernas, después de todo un día cuesta arriba desaparece con las hermosas vistas que nos ofrece la ruta.

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Le Breton en sus reflexiones hace mucho énfasis en la relación del cuerpo con el entorno, me gusta este fragmento, me hace reencontrarme con sentimientos del viaje y con sentimientos vividos en este mundo arriba de la bicicleta:

“Caminar reduce la inmensidad del mundo a las proporciones del cuerpo. El hombre se entrega a su propia resistencia física y a su sagacidad para tomar el camino más adecuado a su planteamiento, el que le lleve más directamente a perderse si ha hecho del vagar su filosofía primera, o el que le lleve al final del viaje con la mayor celeridad si se contenta simplemente con desplazarse de un lugar a otro. Como todas las empresas humanas, incluso la de pensar, caminar es una actividad corporal, pero implica más que ninguna otra la respiración, el cansancio, la voluntad, el coraje ante la dureza de la ruta o la incertidumbre de la llegada, los momentos de hambre o de sed cuando no se encuentra ninguna fuente al alcance de los labios, ningún albergue, ninguna granja para aliviarle al viajero la fatiga de la jornada”.

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Desplazarse por el paisaje de esta forma no sólo nos conecta con el entorno, con el territorio y sus habitantes, sino que también nos conecta con nosotros mismos, con nuestro cuerpo y nuestro ritmo propio. Nos enfrentamos al cansancio y la fatiga, corporales y mentales, nos despojamos de los tiempos cotidianos y estamos cuerpo a cuerpo con el mundo. Nos instalamos en un tiempo ralentizado a la medida del cuerpo y del deseo. La única máxima es ir más rápido que la puesta de sol. “El reloj es cósmico, es el de la naturaleza, el del cuerpo, y no el de la cultura con su meticulosa parcelación del tiempo”.

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Si bien este es un viaje en bicicleta mi aproximación siempre será fotográfica. Para este viaje traje cuatro rollos, el primero aún tiene algunas fotos del viaje a Nueva York, así que el plan es terminar ese y repartir los otros tres en los días que quedan, serán un poco más de 100 fotos en total sobre el viaje. Pienso que es un buen número. Una sola cámara, un solo lente. La cámara es más vieja que las bicicletas de Justin and Jaron, pero igual de confiable, es de finales de los 50s y en algún momento era la opción más simple que ofrecía Canon, el lente es un 35mm del mismo periodo. Pienso que es la cámara ideal para un viaje así, completamente mecánica, simple y compacta.

Cada uno partió desde sus hogares, pienso que es información importante al momento de pensar en cómo nos relacionamos con el territorio. En este viaje no hay vehículos auxiliares que nos acerquen a algún otro lugar. Le Breton también plantea que el caminar es un acto de resistencia simbólica. El recorrer los territorios, sean urbanos o naturales, implica reapropiarse de los lugares, en el sentido de hacerlo propio y hacerse propio también del lugar, en una relación recíproca. Se avanza en silencio, encontramos una presencia en el aquí y el ahora, subvertimos el orden impuesto por mapas y planificaciones urbanas, para hacer nuestras propias rutas.

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Antes del atardecer encontramos un lugar tranquilo para pasar la segunda noche, mucho más silencioso que el sitio anterior, pero también mucho más frío. Pasamos una buena noche y continuamos nuestro camino montaña arriba. A esta altura ya se siente la idea del “rambler” , el divagar por la ruta, olvidarse del tiempo y entregarse al paisaje. Los días han sido perfectos y soleados, los tonos amarillos y rojos invaden el horizonte a donde sea que miramos, vinimos en la temporada perfecta.

El final de nuestro tercer día termina en el camping del Parque Nacional Roosevelt. Este sería el mejor lugar en el que dormiremos y, la última noche de este viaje, finalmente podemos hacer fuego y calentar nuestros cuerpos cuando caiga el sol. En general ha sido un viaje tranquilo, no nos sobre exigimos, pero también tenemos momentos de pedaleo más intensos. Tratamos de planear nuestro cuarto día, pero hay más dudas que certezas, pero lo seguro es que visitaremos la torre de vigilancia, será el punto más alto de este viaje.

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Finalmente decidimos volver por donde llegamos y explorar otro camino. Aquí es donde nuevamente se manifiesta el espíritu que plantea Le Breton, donde se busca reaprender el territorio y no reconocerlo como un espacio vacío que se conquista, sino como un cuerpo vivo que se atraviesa con respeto y asombro. Guy Debord lo grafica muy bien con estas palabras:

“Una o varias personas que se entregan a la deriva renuncian durante un tiempo más o menos largo a las motivaciones normales para desplazarse o actuar en sus relaciones, trabajos y entretenimientos para dejarse llevar por las solicitaciones del terreno y por los encuentros que a él corresponden”.

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Luego de muchas dudas sobre dónde acampar decidimos terminar el viaje en el cuarto día, y rodar directo a casa. Luego de tres días andando a ritmo lento y pausado, recorriendo el paisaje y dejándose admirar por él, volvemos, en cierto sentido, al ritmo del reloj social; de la misma forma que aparece la urgencia de viajar y recorrer nuevos lugares, aparece la urgencia de volver al hogar. El paisaje va quedando atrás y los cerros teñidos de hojas en el ocaso se pierden al caer la noche, los nuevos caminos se van tornando en las rutas ya conocidas del día a día.

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La ruta no es lo importante en esta historia y el registro es el causal del paisaje. Lo importante aquí es la experiencia y el encuentro con el territorio, el divagar por distintas rutas y conocer nuevos paisajes. Entregarse a las incertidumbres de un viaje así y confiar en el propio cuerpo. Cuerpo que será inundado con los olores, luces, temperaturas y colores, que entrega la ruta y que será el motor principal que nos ayude a movernos a través de ella. Este parece un simple viaje de fin de semana con amigos, pero no es tan solo eso, es también un acto de rebeldía a los tiempo impuestos, es una apuesta personal física para nosotros y nuestras bicicletas, pero por sobre todo, es un reencuentro con el territorio y con uno mismo a través de cada pedaleo cuesta arriba y cada noche durmiendo en la intemperie.

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Las Stumpjumper de cuarenta años enfrentaron el viaje de manera sólida, sus pilotos también, está en sus espíritus. Nick pudo completar el viaje, sin problemas, a pesar de su rayo quebrado. Yo me sorprendí de lo cómodo que me sentí durante el todo el viaje, diferentes idiomas, diferentes culturas, pero muchos puntos en común, se afianzan las amistades. Pude tomar fotos y reencontrarme en el territorio. Hoy pregunto si a David Le Breton le gustaría dar una vuelta en bicicleta.

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